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Andrés Salcedo Fidalgo

Andrés Salcedo Fidalgo

Profesor Asociado. Departamento de Antropología, Universidad Nacional de Colombia, Grupo de Estudios de la Vida Urbana.
 

El pluriverso urbano: clivajes y posicionamientos políticos y de clase


Edición N° 10. Mayo de 2021. Pensar la Ciudad
Autor: Andrés Salcedo Fidalgo | Publicado en April 30, 2021
Imagen articulo El pluriverso urbano: clivajes y posicionamientos políticos y de clase

En este artículo contrasto las diversas maneras como algunos actores que he tenido la oportunidad de conocer en trabajos realizados por el grupo de Estudios Sociales de la Vida Urbana de la Universidad Nacional de Colombia, producen lugares y subjetividades políticas y de clase desde las corrientes de sus propias actividades (Ingold 2011:7, 12). En ciudades entendidas como ensamblajes de circuitos migratorios, grupos de personas que buscan salvarse del asedio, la muerte y el despojo también forjan ciudad a pesar del dolor, el duelo y la pérdida (Salcedo 2015). En el borde sur de la ciudad de Bogotá grupos de raizales y campesinos se oponen a la expansión desenfrenada de la ciudad y defienden unas formas de vida campesina ante la llegada de nuevos residentes. En claro contraste, otros grupos privilegiados protegen estándares de vida que son centrales para sus subjetividades de clase. En ciudades como Bogotá los dispositivos de control y planeación siempre han estado acompañados de grietas de desregulación, inventiva y aprovechamiento. Actores como las trabajadoras sexuales en zonas céntricas de la ciudad saben que la concepción reticular que designa las áreas en las que pueden trabajar no tienen conexión alguna con las maneras como enfrentan la ley del más fuerte en las calles. En las líneas que siguen busco dar cuenta de estos múltiples posicionamientos políticos y sociales en el marco de una distribución desigual de derechos y privilegios en la que lo que es definido como legítimo socialmente nunca corresponde con lo estipulado oficialmente.

Forjadores de ciudad

A comienzos del nuevo milenio arribaron a Bogotá cientos de miles de personas desplazadas por el conflicto armado que transformaban la ciudad y a su vez, la ciudad los cambiaba; se hicieron escuchar en escenarios de organización política; volvieron a conectarse con sus lugares de previa residencia; se vincularon con personas que venían de otros lados y habían vivido experiencias de guerra similares. Si bien el desplazamiento representaba una caída en sus trayectorias vitales también era una prueba que lo/as fortalecía. Bogotá era temida por su inmensidad, por sus códigos hostiles de trato y apariencia, por el encierro y las nuevas humillaciones de tener que vivir en un “paga diario” ; estaban obligados a redoblar esfuerzos para vencer las barreras del estratificado mundo de contactos urbanos, sin los cuales era muy difícil acceder al empleo formal y en el cual se multiplicaban los costos para obtener la comida que antes les sobraba. La tierra que abandonaron, el reconocimiento social del que gozaban y las vivencias entrañables formaban ahora parte de unos recuerdos que los actores armados ya no les podrían arrebatar. Como secretaria de un Consejo Comunitario en Tumaco, curandera tradicional y partera, Helena hizo parte de las protestas y tomas de oficinas para exigir agua, luz, la construcción de una carretera, el pago oportuno de los maestros, la construcción de un parque para lo/as niños de su comunidad, la destrucción ecológica provocada por los cultivos de palma. Salió de la región por amenazas de grupos paramilitares que desmembraron y descuartizaron a cuatro de sus primos. Estas atrocidades no la vencieron.

En Bogotá, reactivó su vocación política, logró arrendar una casona que le recordaba la suya, tenía árboles frutales, un jardín, un solar y numerosos cuartos donde albergaba a otras familias desplazadas. Para tener ingresos vendía blusas, cinturones y correas con la ayuda de su hija y se había asociado con una organización de mujeres desplazadas jefes de hogar. 
Simultáneamente, en el barrio La Candelaria de Bogotá un grupo de familias kankuamo se habían instalado a inicios de los años 2000 gracias a que uno de sus paisanos había llegado tiempo atrás. Los paramilitares, infiltrados desde dentro de la misma comunidad habían asesinado a por lo menos 50 compañeros. En Bogotá, tejían mochilas y bolsos que comercializaban a través de una cooperativa. Los hombres intensificaban trasnochos, retiros, limpias espirituales y pagamentos en lugares que los Mamos había identificado en la Sabana de Bogotá como sagrados y propicios para fortalecer su identidad cultural y espiritual.

Resistiendo la ciudad

A 16 kilómetros del casco histórico de Bogotá, numerosas organizaciones del borde urbano-rural  sur de Bogotá le apostaban a recobrar ambientalmente la cuenca del Río Tunjuelo, corredor de conectividad con el Páramo de Sumapaz que peligraba por la construcción descontrolada de urbanizaciones, la contaminación producida por la cercanía del botadero Doña Juana y la explotación de gravilla y materiales de construcción (Salcedo 2013). El Plan Nuevo Usme en esa zona proyectaba la construcción de 53.000 unidades de vivienda en el curso de 20 años. Esto provocó un gran conflicto entre quienes querían detener la expansión de la ciudad y quiénes defendían la vocación rural. En 2008, Metrovivienda  se encontraba removiendo el terreno cuando se topó con lo que el equipo de arqueología de la Universidad Nacional describió como una extensa e importante necrópolis muisca que se remontaba al siglo XII D.C. Este hallazgo arqueológico generó una gran movilización política por parte de los pobladores que, luego de tres cabildos ciudadanos, lograron que en el 2014 el área fuera declarada patrimonio arqueológico. Retomando una larga tradición de resistencia campesina, varias organizaciones propusieron un pacto de borde para crear una zona de contención y transición para frenar la urbanización. Desde una urbanidad agraria centrada en la protección ambiental y en procesos formativos y culturales desafiaban la mirada colonizadora desde la cual eran vistos por parte del resto de la ciudad como pobres y sin educación por habitar la periferia sur.

El privilegio de la calidad de vida

En claro contraste con esta periferia, un grupo de florecientes empresarios de provincia y funcionarios (Forero et.al 2016) fundaron hace medio siglo, en terrenos de lo que era una antigua hacienda, un rincón protegido y tranquilo en tiempos en que la confrontación bipartidista devastaba las zonas rurales andinas. Los residentes fundadores explicaban la fórmula que les había permitido generar un ambiente de armonía y tranquilidad: la seguridad, la naturaleza y el urbanismo. Los residentes “de toda la vida” afirmaban que su asociación se había dado a conocer por no esperar a que el Estado hiciera algo y que contaban con el suficiente prestigio y autoridad moral para demostrar su labor con hechos: a finales de la década de los ochenta, impidieron que las redes del Embalse de San Rafael atravesara el barrio; persuadieron a la policía para instalar un Centro de Atención Inmediata a pesar de que por décadas no había habido homicidios, ni atracos ni robos. A finales de la década de los noventa lograron que Planeación Distrital clasificara al barrio como “exclusivamente residencial”. Contrataron un esquema de seguridad para controlar el acceso vehicular, un dispositivo de cámaras para monitorear los límites del barrio y varias rondas de personal motorizado para patrullar andenes, calles y parques. Para proteger el entorno, montaron un programa de limpieza y purificación de las quebradas que nacen en lo alto de la montaña y otro de protección y reemplazo de árboles patrimoniales. El comité de ornato y urbanismo, por su parte, se encargaba de proteger las joyas arquitectónicas diseñadas por famosos arquitectos que representan un patrimonio para la ciudad y exigían que edificaciones y remodelaciones se ciñeran a las normas urbanísticas del barrio. Impulsados por el buen gusto y la discreción, los fundadores de este barrio crearon un código de conducta con mecanismos sutiles de control social para mantener a raya a personas que no se ajustaban a este modelo cívico. En la década de los noventa lograron persuadir a la familia de Pablo Escobar de que abandonara el barrio. Más recientemente, han impedido los intentos de verticalización que el distrito pretendía implementar en esta zona con los índices más bajos de densidad poblacional de la ciudad.

Las derivas y la ley de la calle

Como contracara a esta producción de exclusividad socio-espacial, el barrio Santafé construido como área residencial en los años cuarenta, se convirtió en uno de los pocos distritos rojos, así como en uno de los mayores puntos de expendio de droga de la ciudad. Bajo la presión de protestas organizadas por las pocas familias que todavía residían en el sector, la administración distrital demarcó las zonas para el ejercicio del trabajo sexual bajo la categoría de Zona de Alto Impacto (Salcedo, Bermúdez, et al. 2015:57). Esta demarcación no tenía en cuenta que estas mujeres transitaban en derivas (Perlongher 1999) y circulaban entre aceras y espacios interiores de famosos locales que funcionan en las casas grandes y modificadas de la zona; la legalización de la prostitución las controlaba más a ellas, pero no podía hacer nada ante la peligrosa y jerárquica cadena de poderes que controlaba la seguridad en la zona. “El dinero era el rey”, como ellas mismas lo decían: a la cabeza, los capos que sólo visitaban el lugar para recoger su botín; luego, los intermediarios que imponían el silencio como principal método de vigilancia; en un escalón más abajo, los administradores de los negocios de prostitución que transaban con la policía, que fingía no darse cuenta de nada y les prestaba servicios de seguridad; con menos poder, los clientes entraban y salían pero se exponían a quedar “pringados” , a ser robados por trabajadoras “mancadas”  o ser víctimas de extorsiones que podían destruir su imagen bien comportada ante su familia o en su trabajo. Rangos y rivalidades por raseros de edad, belleza, condición socio-racial, género y territorialidades enfrentaba  las trabajadoras entre sí. Dentro de esta economía moral del sexo circulaba la envidia y el conflicto, pero también el cuidado y el afecto. Previo al monopolio de las redes de narcotráfico, mujeres mayores dominaban ciertos sectores y sometían a las mujeres recién llegadas a golpizas que demostraran “cuánta calle llevaban por dentro” y les exigían el pago de “la liga” . Con el tiempo las mujeres mayores se convertían en madres y las jóvenes en hijas cuidándose en caso de enfermedad o necesidad.  

A manera de cierre

Las luchas, trayectorias y relaciones de poder que he mencionado son sólo unas de las innumerables formas en que estos actores situados de manera diferencial en las matrices de poder ocupan el espacio urbano y legitiman sentidos de lugar. Estos órdenes sociales asimétricos y paralelos desbordan siempre las predeterminaciones de planeación. Supervivencia, reconstrucción, resistencia y mantenimiento de estatus tienen su correlato en fronteras, bordes e interfaces que pobladores llegados hace tiempo o que acaban de llegar construyen para situarse en un orden espacio-temporal en virtud de las posibilidades de ser y devenir en la ciudad. La manera diferenciada como las poblaciones mencionadas se incorporan a la ciudad da cuenta de las disputas, detención de privilegios, esfuerzos por sobrevivir o ganarse la vida, que hacen parte de estos procesos de urbanización y construcción de ciudad. Mientras algunos grupos buscan conectividades, otros buscan refugiarse y encerrarse en universos separados. El actual contexto de pandemia ha cambiado radicalmente las formas como las personas también de manera diferencial viven su entorno, tejen sus interacciones sociales y reivindican sus necesidades y expectativas.

(1) Por lo general este término designa cuartos que se alquilan y se pagan día a día.

Bibliografía

Forero, Ana María, Andrés Salcedo, John Jairo Osorio, Mabel Carmona. 2016. “Élite e sicurezza in Colombia: il ghetto senza muri di Santa Ana a Bogotá”. Sicurezza e Scienze Sociali. Fasciculo1. Franco Angeli Journal & Series:190-202.

Ingold, Timothy. 2011. Being Alive. Essays on Movement, Knowledge and Description. London: Routledge.

Perlongher, Néstor. 1999. El negocio del deseo. La prostitución masculina en São Paulo. Barcelona: Paidós Ibérica.

Salcedo, Andrés. 2013. “Resisting the city”. Publicado en línea en: opendemocracy.net/opensecurity/andr%C3%A9s-salcedo/resisting-city. Consultado el 5 de abril de 2021.

Salcedo, Andrés. 2015. Víctimas y trasegares: forjadores de ciudad en Colombia 2002-2005. Bogotá: Editorial CES, Universidad Nacional de Colombia.

Salcedo, Andrés, Daniel Bermúdez y Elkin Vallejo. 2016. “Sexualidades fronterizas y callejeras”. Revista Maguaré Vol.29 Nº 2 (jul-dic):47-69.
Toro, Carolina, Vanessa Velasco y Alexander Niño. 2005. “El borde como especio articulador de la ciudad actual y su entorno”. Revista Ingenierías Vol.4 (jul-dic):55-65.