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Juan Alberto Carabalí Ospina

Juan Alberto Carabalí Ospina

Conferencia Nacional de Organizaciones Afrocolombianas – CNOA.

Bogotá y su herencia afrocolombiana


Edición N° 9. Abril de 2021. Pensar la Ciudad
Autor: Juan Alberto Carabalí Ospina | Publicado en March 28, 2021
Imagen articulo Bogotá y su herencia afrocolombiana

Algunos datos

La presencia de la población negra o afrocolombiana en Bogotá ha sido larga, continua y exponencial, permitiendo contribuir a la construcción de una identidad diversa en la ciudad que, paradójicamente, se encuentra en deuda de hacer un reconocimiento material y simbólico que redunde en una garantía de los derechos fundamentales de esta población de la ciudad.  

Según el censo del 2005 la ciudad de Bogotá tenía una población aproximada de 6.800.000 habitantes, de los cuales alrededor de 90.000 personas se auto-reconocieron como negros, afrocolombianos, palenqueros o raizales.  Para el 2018, el Censo Nacional de Población y Vivienda, arrojó que de los más de 7 millones de habitantes, 192.051 se auto-reconocieron como afrocolombianos, lo que significa un aumento de más del 100% de esta población en la ciudad capitalina.  Este incremento no se reflejó en los números totales del Censo, ya que la población afrocolombiana pasó del 10,6% del total de la población colombiana en el 2005 al 9,34% en el 2018. Esta disminución es lo que los procesos organizativos afrocolombianos han llamado un “genocidio estadístico”. 

La importante y creciente presencia de este pueblo étnico en la ciudad, el cual llega, en la mayoría de los casos, provenientes de otras zonas del país donde los impactos del conflicto armado han generado una crisis humanitaria sin precedentes y donde las condiciones económicas son desventajosas y desiguales con respecto a otras regiones del país. Departamentos como Nariño, específicamente la costa pacífica de este departamento, el Cauca, el Chocó y la costa pacífica del Valle del Cauca son los departamentos que han atravesado con más dureza el conflicto armado, provocando el desplazamiento de cientos de miles de personas afrocolombianas, de las cuales muchas llegan a las grandes ciudades como Bogotá a engrosar los cinturones de pobreza.     

Esta población no solo es importante en números, tal como los muestran los Censos, sino que también es importante en materia de aportes a la construcción de la ciudad. Por esta razón, las políticas públicas de la ciudad deben avanzar no solo en el reconocimiento de derechos de las personas afrocolombianas, sino también en implementar acciones que les permitan gozar de los derechos fundamentales y, sobre todo, deben estar dirigidas a la eliminación de la discriminación y el racismo.

Presencia historia de la población negra, afrocolombiana, palenquera y raizal en la ciudad de Bogotá

El siglo XX, especialmente la primera mitad, para la ciudad de Bogotá fue tiempo de inflexión, en donde se desarrollaron importantes dinámicas sociales y políticas que dejaron su tinta indeleble en la historia del país. Tal vez el acontecimiento más importante fue la muerte de Jorge Eliecer Gaitan y la convulsión social que este magnicidio trajo consigo. En Bogotá esto desembocó en el bogotazo. La ciudad para este tiempo era una ciudad fría, con gente fría y con una aspiración a ser, lo que se llamó con el nombre fantasioso, la Atenas suramericana. Se podría decir que este eufemismo representa la aspiración bogotana a la “blanquitud”.  

El bogotano y la bogotana -la “rolalidad”- en ese entonces, y aun en nuestros días, se concebían como blancos, ni siquiera la idea de ser mestizos rondaba la cabeza social. El ser europeo era el referente de avance y prosperidad, es decir lo blanco. Su relación con lo negro ha sido, hasta ahora, intensamente antagónica -racista-. El famoso escritor afrocolombiano Manuel Zapata Olivella (1990) en su libro ¡Levántate Mulato! “Por mi raza hablará el espíritu”, relata sus primeras experiencias a su llegada a Bogotá:

“En un comienzo, recién llegado a Bogotá, apenas advertía la mirada curiosa del niño agarrándose atemorizado de la mano del padre. Durante siglos la imagen del negro había servido para identificar al demonio en la escuela; en las láminas de los libros y en la iglesia. Debía sonreír en las visitas cuando la niña traviesa de la casa se encaprichaba en deshilachar las motas de mis cabellos”. 

En el ámbito universitario e intelectual capitalino y en otros espacios Zapata Olivella, nombre dado a la importante biblioteca del Tintal, narra lo siguiente: 
“En el billar, en la universidad, entre los compañeros cronistas de periódicos e intelectuales -poetas, pintores, dramaturgos, novelistas- yo era el “negro”. La connotación primaria recogía el sentimiento de aprecio, el acento un tanto cariñoso que suelte tener este apelativo. Un poco de misericordia y un tanto de desdén- paulatinamente fui calibrando que el vocablo también constituía una barrera”. Todos mis esfuerzos por hacerme al estatus de un científico o intelectual puro se acortaban en las fronteras invisibles que separan a la mayoría de los negros e indios, de los puestos realmente decisorios y representativos en la sociedad colombiana”.   
Estos relatos muestran cómo ha sido esa larga lucha de los afrocolombianos en una ciudad que se construyó con la idea de ser blanca.  En el discurso y en la planeación la ciudad se ha mostrado en las últimas décadas como diversa e incluyente. Pese a esto, en las practicas sociales cotidianas todavía falta mucho camino por recorrer en cuanto al reconocimiento y la lucha contra el racismo. 
En cuanto al reconocimiento de la población afrocolombiana se ha avanzado en términos formales a través del importante progreso de la Constitución del 91. En la ciudad se ha creado una perspectiva de enfoque diferencial que pretende proteger los derechos fundamentales de esta población. Esto se hace a la luz de la carta magna, en la que se reconoce y protege la diversidad étnica y cultural de la nación colombiana. 
Es preciso señalar que este avance constitucional ha sido el resultado de la movilización social y las dinámicas de resistencia de la población negra, afrocolombiana, palenquera y raizal. Para entender esto es necesario remitirse del nuevo a ese periodo histórico señalado anteriormente, en el que el país y su capital sufrieron grandes convulsiones sociales.  
Para la primera mitad del siglo XX, la presencia de afrocolombianos en la ciudad ya era importe, a tal punto que en esta capital se desarrolló, tal vez el primero en el país, un movimiento social que reivindicaban el reconocimiento de lo negro como algo que hacía presencia en el país, pero particularmente en la ciudad. En este sentido, se empieza hacer una confrontación directa contra el racismo en Bogotá. En junio de 1943, un grupo de estudiantes afrocolombianos provenientes de diferentes partes del país, incluido el entonces estudiante Manuel Zapata Olivella, llevaron a cabo una importante movilización social por la popular e histórica carrera séptima, donde, según cuenta Zapata Olivella, arengaban: 
“¡Vivan los negros!
¡Abajo la discriminación racial!”
Del reconocimiento de derechos al goce efectivo derechos de la población afrocolombiana en Bogotá. 

La movilización social y los procesos organizativos afrocolombianos ha permitido poner en la agenda publica el problema del racismo, la desigualdad y la exclusión que esto acarrea, y al igual que la falta de reconocimiento de sus aportes a la construcción de la Nación en general y particularmente a la ciudad de Bogotá.  En este sentido, la ciudad ha empezado a construir políticas públicas con enfoque diferencial que pretende dar solución de manera diferencial a problemas, a su vez, diferenciados de esta población. 
Una de las herramientas más importantes para la lucha contra el racismo y contribuir a la visiblización de las historias de resistencia del pueblo afrocolombiano es la Catedra de Estudios Afrocolombiano-CEA. La CEA busca que la sociedad en su conjunto, más allá de la misma población afrocolombiana, reconozca a esta población como un actor que no solo atravesó la esclavización, sino que también llevó a cabo ejercicios de libertad y resistencia, que ayudó a construir a Colombia y cuenta con un estatuto de verdad.  En este sentido, la CEA visibiliza lo que alguna vez se buscó invisibilizar, buscar dar un estatuto de verdad a algo que fue signado de mentira; la CEA busca eliminar el racismo. 
En esta materia la población afrocolombiana, negra, palenquera y raizal busca sus espacios de representación en Bogotá, más allá de la visión que se tiene sobre esta como resultado del pasado colonial esclavista y de la evaluación del racismo en la sociedad colombiana que condenó a los territorios étnicos a la desigualdad. La CEA es un instrumento que contribuye a tales objetivos. 
La catedra afrocolombianos en la ciudad de Bogotá ha sido implementada en diferentes instituciones educativas. Según la Secretaria de Educación para el año 2020 alrededor de 244 colegios han implementado esta catedra y el 57% de las instituciones ha incorporado la CEA en las áreas de estudio fundamentales. La Secretaría ha venido construyendo material didáctico encaminado a la promoción de los saberes afrocolombianos en las instituciones educativas, lo que permite a los maestros desarrollar actividades para el reconociendo de los saberes afrocolombianos en cualquier área del conocimiento. 
Pese a los avances en materia educativa, del reconocimiento de la población afrocolombiana, existen muchos retos que la ciudad debe asumir para seguir avanzando en la lucha contra la discriminación racial. La ciudad debe avanzar para eliminar el racismo en las practicas cotidianas de la ciudadanía, ya que esto redunda en las limitaciones al goce efectivo de derechos de la población afrocolombiana. 
La ciudad de hoy es diferente a la que vivió Zapata Olivella. Bogotá es una ciudad que ha buscado la inclusión de muchos sectores poblacionales e implementar los enfoques diferenciales en sus políticas públicas. Sin embargo, hay algo que todavía la ciudad está en deuda con la población afrocolombiana y es la una lucha frontal y decida contra el racismo. Si esto se logra muchas generaciones de afrobogotanos, a diferencia de lo denunciado por Zapata Olivella, podrán ir los billares, a la universidad, podrán estar entre sus compañeros y no serán llamados por su color de piel, sino por sus nombres.