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Ricardo García Duarte

Ricardo García Duarte

Rector Universidad Distrital Francisco José de Caldas

Ciudad y pandemia


Edición Nº 1. Junio de 2020. Pensar la Ciudad
Autor: Ricardo García Duarte | Publicado en June 14, 2020
Imagen articulo Ciudad y pandemia

La ciudad es un ente social y geográfico -comunidad y territorio al mismo tiempo- al que concurre una abigarrada multitud de individuos que en épocas de peste impulsan, inconscientes, la cadena de contagios. 

Si el mal tiene origen en un virus de cepa desconocida y no tropieza, por tanto, con un antígeno apropiado o con una vacuna aún sin descubrir, la ciudad llega a ser el espacio propicio para su difusión. Y lo es por el número infinito de contactos físicos que le dan vida. Tal es su naturaleza, la de los encuentros permanentes, fortuitos o anhelados; la de una proximidad que se agota solo para renacer al instante. La ciudad y la peste van, por desgracia, de la mano; de la misma manera como se han acompañado por siempre el homo sapiens y los virus, según lo ilustra la historia, la de las guerras, la de las civilizaciones. 

La aglomeración, no solo la suma de individuos, sino su concentración por unidad territorial, alberga las posibilidades del contagio viral con cierta intensidad y rapidez. Por supuesto, no hay aglomeración más fascinante, socialmente hablando, que la que toma cuerpo en la ciudad. Cualquiera otra está sostenida por horizontes de sentido, fugaces y fragmentados; o bien, demasiado específicos y unilaterales; sean las multitudes en acción o los ejércitos o las iglesias. Las ciudades, en cambio, expresan un mosaico de sentidos sin perder la identidad común; son, para asombro de todos, una fuente incomparable de significados, mundos en gestación incesante de la vida moderna y democrática.

En la medida en que la ciudad implica aglomeración y cercanía física, se convierte en un hábitat para la propagación de los virus y de la enfermedad de la que estos son portadores. Sin embargo, ser unidades organizadas, fabricantes de sentido; y, además, agregados de plusvalía cultural, encierran las potencias humanas para superar los peligros del mal; para sobrevivirse a sí mismas. En realidad, alimentan como si se tratara de un germen, el antídoto, ya no meramente biológico, aunque también, sino social, por todo lo que implica la génesis de la convivencia, un rasgo que está inscrito en su razón de ser.

Las ciudades son conjuntos que se caracterizan 1) por la concentración de individuos; 2) por su complejidad; 3) por su territorialización; 4) por los dispositivos de infraestructura para servicios; 5) por las relaciones públicas entre sus ciudadanos; y 6) por la existencia de autoridades.

La concentración de sus gentes, acotada por el paisaje arquitectónico, con sus emplazamientos como las viviendas, las plazas y las calles, depende de los encuentros, del vecindario y de las reuniones; situaciones que permiten del modo más natural la transmisión del virus, entre los circunstantes; le da aliento a los ramalazos de la peste que transita a tropezones por los lugares de congregación, allí donde marchan, conversan y se saludan los parroquianos.

La ciudad no es solo concentración más o menos organizada de individuos, próximos los unos de los otros, contagiables entre ellos; es también un universo humano complejo que, como lo hace notar Richard Sennett, abriga a grupos diversos; y sobre todo a individuos de tipo multiforme; y para completar, con líneas de comportamiento variadas, según los escenarios en los que se desenvuelvan; una particularidad que no impide la marcha del contagio, pero supone un tejido social más denso, un surtido inmenso de actitudes, base para las respuestas a la peste, una lógica que está involucrada en la obligatoria convivencia, suerte de cultura propiciatoria del entendimiento frente a urgencias comunes, sean las catástrofes, los ataques externos o las enfermedades colectivas.

También cada ciudad, siendo ella misma un territorio construido y ocupado, es por cierto una suma de territorios, zonas con identidad barrial o comercial o monumental, con funcionalidades y espacios físicos, tales como el domicilio, pero también con simbologías, afectos y memoria colectiva; toda una cartografía de la coexistencia económica, cultural y demográfica. Cartografía cuyos puntos de referencia conducen al hallazgo de las causas por las cuales una peste o un deslizamiento, un incendio o una inundación, una invasión de lotes o un amotinamiento, se instalan en alguna zona convertida así en epicentro de cualquier calamidad. Es una circunstancia parecida a lo que ha sucedido con los contagios del Covid-19, por ejemplo, en la localidad de Kennedy, en la capital de la República; o con el ensañamiento del mismo mal en la población afro de New York.

Todo esto se relaciona además con la infraestructura de servicios, en particular con la red hospitalaria, pues a nadie se le escapa que un poderoso dispositivo de Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) ayudaría a solventar la crisis nacida de una ola de enfermos atacados por el virus que resulte en un colapso del sistema de salud.

La cultura política, la del ciudadano, ya no la del habitante que simplemente comparte un espacio físico, un territorio poblado, sino la de quien es miembro del ente colectivo, en el que cada uno está obligado a mantener unas relaciones de igualdad con los demás, en tanto es titular de derechos y gobernado por unas leyes; esa cultura política constituye otro factor de primera importancia para el mantenimiento de consensos, ese fin supremo de la libertad, según lo anotara Hannah Arendt; una especie de potencia para contrarrestar los efectos de la epidemia, a través, por ejemplo, del aislamiento preventivo; aunque también suponga a veces la indisciplina o a la desobediencia.

Solo que la ciudad contempla, además, la existencia de autoridades, las que a tono con esa comunidad política -la de los ciudadanos- están en situación de tomar decisiones en cualquier dirección; entre ellas, las de atenuar los efectos del contagio patológico.

En las posibilidades de convivencia nacidas del contacto interhumano, de la diversidad y de esa naturaleza multiforme del urbanita reside, por otra parte, el poder de las reglas y convenciones, el de la disciplina consciente y el del cuidado colectivo, ese material cultural y cívico que saca a la congregación ciudadana al otro lado; la empuja a la superación de la crisis.