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Sandro Romero Rey

Sandro Romero Rey

Coordinador del Programa de Artes Escénicas de la Facultad de Artes-ASAB de la Universidad Distrital

En el teatro de la pandemia


Autor: Sandro Romero Rey | Publicado en July 17, 2020
Imagen articulo En el teatro de la pandemia

El dramaturgo alemán Roland Schimmelpfennig escribió un texto sobre la situación de los escenarios en el mundo que tituló La última función. Dicho texto (ensayo/drama/poema/manifiesto/elegía) ha sido “puesto en imágenes” por el actor y realizador mexicano Humberto Busto (junto al mismo Schimmelpfennig, al dramaturgo español José Sanchis Sinisterra, a la actriz cubana Adriana Jácome, entre otros) y se distribuye a través de la plataforma sobre Teatro de la Universidad Nacional Autónoma de México (https://teatrounam.com.mx/teatro/la-ultima-funcion/). Ese mismo texto ha sido “montado” (editado, dirigido, realizado: las palabras, desde hace ya un buen tiempo, no significan lo mismo) en Cuba por trabajadores del mundo de la escena. En dicho ejemplo, se evidencia que la situación de las representaciones en vivo está en un callejón sin salida. 

La primera palabra que se “viralizó” con la pandemia del Covid-19 fue reinvención. De inmediato, buena parte de los trabajadores de la cultura se fueron lanza en ristre contra la idea de virtualizarse y, de inmediato, se estigmatizó el concepto, por considerarse que la presencialidad era un inamovible para el teatro, la danza, el ballet, los museos, la ópera, los performances, las exposiciones, los conciertos. Pero el mundo cerró a doble llave las puertas de los espacios del arte. Aunque la reinvención es una idea que no se cita porque tomó connotaciones reaccionarias, el mundo de la creación ha tenido que mirarse ante el espejo cóncavo de la realidad y preguntarse, a ciencia cierta, para qué diablos sirve la representación en la existencia actual de los seres humanos. 

Hace ya muchos años, un célebre director de teatro consideraba, en una boutade que todos celebraron, la posibilidad de que el arte de las tablas, en realidad, no servía para nada. Supongo que no servía para nada útil, de acuerdo a los parámetros de la producción en las sociedades industrializadas. La frase no está consignada en ningún texto que perdure en la memoria pero sí ha existido la tentación autodestructiva de ciertas manifestaciones artísticas, las cuales se han convertido en una suerte de catoblepas, ese animal que, según Borges, se devora a sí mismo. Es decir, la tentación suicida de considerar que el arte está condenado a la destrucción y que deben ser los creadores quienes deberían propiciar su propio apocalipsis. La pandemia ha puesto en tela de juicio dicha tendencia y, al contrario, existe la urgente pulsión por encontrar mecanismos para aprender a adaptarse a un mundo que debe concentrarse en su propia supervivencia. 

Hasta hace muy pocos años, se consideraba la experiencia teatral como una ceremonia efímera. Existía mientras se representaba y desaparecía con los aplausos. Tadeusz Kantor, desde las catacumbas polacas, hablaba del “teatro de la muerte” y hacía énfasis en el destino fatal de las representaciones. Sin embargo, es gracias al cine que pudo conocerse la puesta en escena de uno de sus montajes definitivos: La clase muerta, fruto de la realización audiovisual del director Andrzej Wajda. Muchos creadores decidieron establecer diferencias entre el teatro, el video, el cine, la televisión. Peter Brook, de Francia a Inglaterra, dirigió sus grandes montajes combinándolos con el cine, pero estableciendo distancias entre unos y otros (mientras montaba a Shakespeare en Londres o Stratford, dirigía una película en Francia titulada Moderato cantábile, donde jugaba con los códigos de “la Nueva ola”, apoyado en un texto de Marguerite Duras). Lo mismo sucedió con Ingmar Bergman (reconocido director de cine, con casi 60 títulos, aunque realizó más de 125 montajes teatrales en vida que hoy han desaparecido para la memoria cultural de la humanidad). O con Ariane Mnouchkine y el Théâtre du Soleil quienes, a pesar de realizar producciones audiovisuales como 1789 o Molière, no cuentan con registros audiovisuales de sus montajes escénicos emblemáticos.

Hoy los grupos de teatro, los músicos, las compañías profesionales o independientes están escarbando en sus viejos baúles para tratar de encontrar imágenes que puedan compartirse en el ciberespacio y darle a las representaciones del arte una segunda oportunidad sobre la tierra. ¿Son necesarias en el 2020? ¿En qué medida los espectadores de un planeta sin destino necesitan de las representaciones virtuales? Se dice que los seres humanos han resistido la claustrofobia de la nueva plaga gracias a las distracciones de internet, a la televisión, al cine en casa. Es cierto. Pero esos mismos seres humanos también se divierten con el uso indiscriminado de las redes sociales, sentándose en soledad frente a un ordenador, escribiendo sus recuerdos, sus opiniones, sus evocaciones, para manifestar sus pasiones y, por qué no, para destruir a sus congéneres. El encierro es una suerte de pequeño infierno creador, tal como quiso demostrarlo Jean-Paul Sartre en su obra de teatro A puerta cerrada (Huis-clos, 1944). En las redes del confinamiento, las artes representativas han debido entrar a competir con un nuevo tipo de sensibilidad. En Bogotá, el ya tradicional FESTA (Festival de Teatro Alternativo) se realizó, con mucho éxito, de manera virtual, con 92 grupos participantes y “más de 195.000 interacciones” (esto es, espectadores) conectados al evento. En el Programa de Artes Escénicas de la Facultad de Artes-ASAB de la Universidad Distrital, el mundo no presencial nos sorprendió en el último módulo del año 2019. Las actividades pedagógicas del 2020 se han desarrollado, en su totalidad, a través de plataformas. Dicho modelo que, al parecer, es un designio necesario de las actividades humanas en estos tiempos fatales, para la educación artística es todo un desafío. Los estudiantes de primer semestre, sin ir más lejos, no conocen a sus maestros. El contacto físico, necesario en las prácticas de expresión corporal o en cualquier puesta en escena, ha desaparecido por completo. Lo que parecería una catástrofe a contrarreloj, sin embargo, ha tenido inesperadas compensaciones.

Los jóvenes nacidos en el nuevo milenio son “nativos virtuales”, como se les llama en los medios de comunicación. Para ellos, hablar de Esquilo, de Shakespeare, de teatro en verso o de Bertolt Brecht es un esfuerzo mucho más grande que hablar de Moodle, de Adobe o de Zoom. En este orden de ideas, la adaptación a la emergencia se ha dado de una manera mucho más fluida y el diálogo entre las generaciones se ha construido de manera creativa. La interdisciplinariedad se ha considerado una herramienta necesaria y los “montajes” de últimos semestres se están realizando con video-artistas quienes, apoyados en dramaturgos y contando con el encierro y el aislamiento como una posibilidad y no como un obstáculo, se están arriesgando a reflexionar sobre el mundo en el que nos está tocando sobrevivir. No es lo ideal, ni mucho menos. Los jóvenes actores se sienten atrapados en sus respectivas soledades. Pero ven la necesidad de expresarse como una exigencia de vida o muerte. Al contrario de lo que se sospechaba, no hubo una deserción masiva sino, por el contrario, los estudiantes de arte se han aferrado a las herramientas que se van implementando día a día para que la formación no fenezca. ¿Reinvención? No, no lo es. Las artes en el siglo XXI han ampliado sus fronteras y, desde hace mucho tiempo, la música, la danza, las artes plásticas, las artes visuales, la arquitectura, el teatro, el cine, la televisión, la literatura se han articulado en una sola aventura poética donde ya nadie puede decir que pertenece a un lado o a otro lado del espectro creativo. 

El teatro sigue siendo efímero, en la medida en que la vida es efímera. Pero cada día es más factible ser testigo de experiencias escénicas en Londres, Buenos Aires, París o Bogotá, las cuales dan cuenta, de una manera mucho más fiel, de lo que significa una representación. En el siglo XX, el teatro se estudiaba en los libros y, a veces, en las películas. Hoy es casi una obligación contar con apoyos audiovisuales, bien sea como registro para la memoria, como complemento escenográfico o como una manera de mantenerse activo durante la pandemia. Poco a poco, todas las artes se están volviendo representativas. Y el público va encontrando la revisión de un mundo que necesita no solo distraerse sino también emocionarse y reflexionar. Un público impredecible que requiere de la felicidad o de la furia, para encontrar los nuevos signos de la Belleza.  

Crédito de la ilustración: Imagen de Bumiputra en Pixabay