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Ricardo García Duarte

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Rector Universidad Distrital Francisco José de Caldas

La ciudad imaginada


Edición N° 10. Mayo de 2021. Pensar la Ciudad
Autor: Ricardo García Duarte | Publicado en April 30, 2021
Imagen articulo La ciudad imaginada

Nada más oportuno que pensar de nuevo la ciudad en el momento en que se celebran los 200 años de un poeta como Charles Baudelaire. El calibró las tensiones propias de la modernidad, es cierto; capturó sus luces y sombras, su razón de ser como historia de una subjetividad alterada, consciente y subyacente a la vez; límpida y tenebrosa. Pero, sobre todo, supo escuchar las vibraciones de la ciudad; de ese modo, re-creó su estética inacabada, al convertirla en objeto crítico de su poesía. 

La ciudad y la estética de Baudelaire

La completó, observándola como realidad empírica, para transfigurarla en una serie de cuadros, narrados en verso o en prosa, como si fueran pinturas trazadas al vuelo de sus palabras; palpitantes aquellas o depresivas; en todo caso, muestras precoces de un expresionismo, empacado en la figuración como fórmula, pero sin renunciar al simbolismo clásico, eso sí, en busca de nuevas significaciones.

Por algo, introdujo en su obra mayor, Las flores del mal, la serie de poemas a los que colgó el título de Tableaux Parisiens o Cuadros Parisinos, un proyecto de estetización urbana, prolongado además en los pequeños poemas en prosa que agrupara en El spleen de Paris: trozos literarios en los cuales deconstruía la rima, incluso el ritmo, pero no su cautivante prosodia interna.

Baudelaire dibujó sus pinturas literarias a mediados del siglo XIX, cuando París ya había experimentado, al igual que Londres, un crecimiento notorio. Las ciudades importantes dejaban atrás su exclusivo perfil de centros del poder político y religioso, corralitos de inmuebles históricos, a menudo amurallados y, de cualquier forma, dominados por el castillo y el cuartel, por la iglesia y la abadía.

Habían abandonado esa fisonomía para convertirse en conglomerados de más de un millón de habitantes, saturados de comercios y de barriadas populares. La ciudad de corte liberal-burgués se imponía. Y lo hacía con el tráfago de sus atareamientos y la palpitación de sus actividades productivas; con su dilatación demográfica y territorial.

Este colectivo humano había llevado en su momento al poeta Heinrich Heine, romántico y socialista, a reaccionar con asombro ante el paisaje social que encontró en la capital inglesa, a la que visitó en 1828, con la emoción contenida, esperando admirar la arquitectura encantada de sus palacios; y, en cambio, se tropezó con un amasijo de barrios en los que se amontonaban las chozas y las edificaciones modestas, cuya “uniformidad y su número incalculable dejaban en el ánimo una impresión tan grandiosa:” reconocimiento temprano de las contradicciones que traería el modelo de ciudad en trance de industrializarse. Con todo el cortejo de sus desgracias, pero también con el esplendor de su creciente dinamismo. 

Eran estos contrastes, distintas caras de la misma moneda, los que definirían el mundo urbano. Paisaje depresivo y empuje eufórico, tales fueron los elementos opuestos que, con su coexistencia de vértigo, caracterizarían a una ciudad moderna que, industrializándose, ya se alistaba para alcanzar los niveles de un verdadero núcleo cosmopolita.

Esta ambivalencia fascinó por lo visto al poeta francés, una ambigüedad que, al decir de Walter Benjamin el filósofo marxista de Berlín, no era otra cosa que el revestimiento de una dialéctica oculta en la formación de la gran urbe, esa que dejaba ver la miseria, por ejemplo, del Londres retratado por Engels; aunque también estallara como una flor en el delicioso y prometedor caos de carretillas, andamios y talleres; de callejuelas ruidosas, atestadas de trabajadores y viandantes, empujados por el corre-corre de cada día. 

En un esfuerzo por resumir esta creación humana, de oposiciones vitales, Baudelaire llegó a hablar, en clave de oxímoron, acerca de la “hermosa fealdad”, para referirse a este fenómeno. Nueva complejidad social en la que se sentía a sus anchas, con una enorme satisfacción por el encuentro transitorio con millones de seres humanos; metido de lleno en el papel de observador clarividente, frente a ese río humano que con su circulación construía vivazmente el conjunto de espacios, dotados de múltiples sentidos; y que unidos o superpuestos configuraban la ciudad.

Esta última emergía como un inmenso organismo, un magma que en sus imperceptibles desplazamientos diseñaba sus propios espacios territoriales, sus contornos físicos y humanos. Aparecía como un ser viviente; multiplicación él mismo de nuevos lugares; habitados, transitados, en el que las huellas de los itinerarios repetidos marcaban las identidades fugitivas de cada ocupación arduamente trabajada.

La figura del flâneur

La ciudad re-crea a sus habitantes, los moldea en cierta forma para que se miren en ella como en un espejo; aunque al mismo tiempo se deja diseñar por ellos. La delinean imaginariamente. Fue el proceso extraordinario que propuso Charles Baudelaire, con su figura del flâneur. La del que se paseaba por los sitios de la ciudad, sin un fin específico. Su intención era la de no tener una intención particular, la de carecer de un propósito especial. Más bien, su rasgo sobresaliente fue el de “saber caminar y observar”. En realidad, estaba a la búsqueda de lo que fuera extraño, raro o llamativo. Esa era su distraída habilidad, su oficio etéreo.

Sus pasos sin afán anticipaban un travelling, en el que la cámara del futuro hacía su recorrido para detectar el episodio y enfocar el gesto o el lugar concretos; sin dejar de capturar el panorama.

Ante su mirada oblicua o frontal, se desplegaba el desfile de cafés y restaurantes, de depósitos y boutiques, todos aquellos puntos que conformaban la geografía urbana. Observaba las situaciones y las imprimía en su retina: las escenas de los casinos, la marcha azarosa de los ciegos que “atravesaban la noche ilimitada”; las viejecitas de movimientos espectrales, antes por todos mencionadas, ahora marginadas, quizá despreciadas y sin embargo dueñas de una belleza misteriosa en medio de sus harapos.

Estas escenas y paisajes recibían un toque mágico, eran el blanco de una resignificación, si se quiere; de una reformulación estética, un trabajo de interpretación producido por la conciencia fabricante del flâneur, un personaje inventado con un destino, el de reinventar la ciudad.

Con su ojo avizor, aunque aparentemente extraviado, era capaz de discernir la gramática escondida de la ciudad, en medio de la diversidad y la agitación inmanejables. De ahí que Charles Baudelaire -el dandy precursor de la modernidad, también el flâneur acucioso de la ciudad- encontrara en esta operación espiritual de escudriñar los nuevos fenómenos culturales, que todo en él “se convertía en alegoría”. Esto es, en representaciones metafóricas, en mundos paralelos respecto de la realidad que fluía en un tono sin aparente interés, todo un ejercicio social de construcción simbólica. 

Así, la ciudad moderna hacía parte también de una re-fundación como entramado de significaciones, que hacía mutar una realidad escueta y rutinaria. Se trataba sobre todo de una ciudad imaginada. Por lo tanto: narrada, interpretada y reelaborada, desde su existencia concreta, como un material susceptible de ser intervenido a la manera de un performance, por las ilusiones, por la crítica y la fantasía.

En cierta forma, ya no existe el flâneur, aquel que observaba y rehacía imaginariamente la ciudad. Pero quizá ahora lo somos todos o lo podemos o lo debemos ser. En tanto trabajadores o usuarios del transporte; como vecinos o turistas o migrantes; en la complejidad de nuestras personalidades, podemos alojar un pedacito del viejo flâneur. Al tiempo que realizamos nuestras tareas y usamos el espacio urbano, podemos comprender las relaciones, los roles y los lugares, cada uno de ellos con sus historias y su memoria. Al apropiarnos de nuestra condición de urbanitas, inscritos seguramente en una división del trabajo múltiple y superior, incluso por momentos esclavizante, nos decidimos también a imaginar la ciudad, a instalarla en nuestros sueños y a traducir estos en realidades transformadas. 

La ciudad contemporánea ha representado la ruptura entre el mundo urbano y las alegorías del flâneur, del mismo modo como la ciudad liberal entrañó la fractura entre dicho mundo y el arte. Arte y ciudad se separaron al entrar la modernidad capitalista, según lo anotara el ya recordado Walter Benjamin. Ciudad cosmopolita y flâneur partieron cobija, sin remedio, como consecuencia de las urgencias cotidianas y de las ocupaciones absorbentes del citadino. 

Es hora de que este último retome algo del poeta urbano, del que vaga sin rumbo, re-crea y también interroga a la ciudad poblada de apremios y miserias, de esos grises y terribles lugares comunes, adornados no obstante por la más sorprendente de las bellezas inexploradas. Así lo constataba Baudelaire y lo hacía como quien descubría una joya o lanzaba una provocación intelectual.