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Ricardo García Duarte

Ricardo García Duarte

Rector Universidad Distrital Francisco José de Caldas

La ciudad, sus poblaciones y comunidades


Edición N° 9. Abril de 2021. Pensar la Ciudad
Autor: Ricardo García Duarte | Publicado en March 29, 2021
Imagen articulo La ciudad, sus poblaciones y comunidades

La ciudad forma ciertamente una unidad superior, pero también es una sumatoria, conjunto de partes que se adhieren al todo. Es cohesión y núcleo, pero simultáneamente batiburrillo de segmentos que se agregan.

Es unidad política y administrativa, igualmente económica y social, también urbana y demográfica. Ahora bien, por esa misma razón, por ser unidad cohesionadora, algo que es de su esencia, muy rápidamente se desdobla en un fenómeno abrumador de pobladores que la escogen como su destino. Esa suma de diferentes agregados es un componente decisivo en el crecimiento urbano. 

El proceso aluvional

La ciudad crece por expansión biológica de las familias fundadoras que, por cierto, arrastran con el incremento de su poder social y todo el personal que lo acompaña. Generación tras generación, ramifican sus negocios y oficios e imponen el control territorial. Con lo cual, aseguran un núcleo decisivo, desde el cual manejan el proyecto urbano, a la manera de un crecimiento nuclear. 

Es allí en donde se gesta la operación de hegemonía, esa que define la transmisión de valores, la implantación de patrones culturales y la difusión de los sentimientos de pertenencia. Por otro lado, la ciudad crece, dado el dinamismo que ella impone, mediante un continuo proceso aluvional. Corresponde a una expansión que experimenta por la llegada de nuevos habitantes, una marcha, en la que los contingentes se suceden unos a otros a lo largo del tiempo.

Un fenómeno aluvional tiene lugar con el arrastre paulatino de la tierra y otros materiales, por la corriente de agua, que provoca los desprendimientos en la ladera. El depósito y la acumulación que se producen más adelante significan un nuevo hecho topográfico.

Demográficamente hablando, es el aumento paulatino de una población por las oleadas de pobladores que se dirigen hacia un centro urbano. Así han crecido siempre las ciudades, lo cual les imprime un empuje extraordinario, algo que las salva de fosilizarse en medio del anacronismo o el envejecimiento prematuro, si se encierran en la convivencia endogámica de sus familias iniciales.

Sucedió en la Roma Imperial con la llegada de grupos provenientes de las colonias. También en las ciudades de la Europa feudal, con ocasión de la instalación de comerciantes que engrosaron los burgos periféricos. Así mismo, en los conglomerados del capitalismo moderno, con el crecimiento incesante de los suburbios, alrededor de las metrópolis.

Esa llegada de los nuevos visitantes que se quedan obedece sobre todo a fenómenos de migración. Los centros urbanos siempre han constituido núcleos magnetizados que atraen los flujos migratorios desde otras latitudes. Y ejercen esa atracción por todo lo que representan como horizontes de bienestar y de libertad, así a veces solo lo sean como un espejismo.

De esa manera, el crecimiento, el dinamismo y la expansión de los centros urbanos obedece claramente a un proceso migración aluvional. Son los nuevos habitantes que llegan con sus necesidades, pero así mismo con sus esperanzas y su energía humana y en todo caso humanizadora, cuando se trata de explorar un futuro.

Es un hecho social que puede tener origen en un país extranjero, como fueron los casos de Nueva York o de Buenos Aires. O que proviene de las regiones, tal como ha sucedido con Bogotá y las otras grandes ciudades colombianas: una migración interna que viene del mundo rural.

El éxodo campesino

Ciudades como las colombianas han crecido demográficamente, a impulsos del éxodo continuo de una población que ha sido arrancada de esos horizontes estrechos que definen la experiencia de la vida rural; gentes que se han movido en distintas épocas hacia la capital de la República y en ritmos parecidos, hacia Medellín, Cali y Barranquilla.

La llamada “descomposición del mundo campesino” ha sido quizá el factor socioeconómico de mayor influencia para que millones de individuos provenientes del agro, saturaran los nuevos asentamientos barriales de ciudades como Bogotá, una capital que de ese modo pasó de ser un pequeño municipio, casi un villorrio, a convertirse en una gran ciudad dotada de una especial complejidad. 

La “descomposición de la economía rural”, está determinada por la separación del campesino frente a la propiedad sobre la tierra. Es el colapso de su economía familiar, por lo que queda despojado de su parcela; y finalmente expulsado; todo ello debido a la presión que ejercen la gran propiedad agraria y la desigual competencia en el mercado.

Separados de la tierra, los campesinos y sus familias, se ven obligados a un éxodo prolongado y silencioso, a un desfile inaudible y fragmentado, de extravíos ansiosos, camino de las ciudades.

Así, Bogotá y otras capitales experimentaron un crecimiento urbano, que en algunas décadas se aceleró, a causa de la Violencia, fenómeno este de carácter extra-económico que empujó muchedumbres de migrantes expulsados del campo. 

En Colombia los sectarismos partidistas engendraron una violencia política a la que siguieron desplazamientos masivos. Por cierto, los más recientes fenómenos de despojo, en las zonas de conflicto, provocados por los grupos armados, que están apoyados en el narcotráfico y en la minería ilegal, han generado adicional y forzosamente el abandono de los territorios agrarios por parte de la sociedad rural empobrecida.

Suma de poblaciones

Ese crecimiento demográfico de la ciudad se plasma en una geografía urbana conformada por una multitud de asentamientos barriales, cada uno de ellos inscrito en distintos estratos socioeconómicos; por lo demás, llenos de necesidades; eso sí, también dotados progresivamente de servicios varios, dirigidos a satisfacer esas urgencias, muchas veces de un modo deficitario. 

Cada grupo de necesidades, sea en vivienda o salud, en educación y empleo, o en servicios básicos de infraestructura pública, define perfiles sociales de existencia. Son colectivos que dan lugar a una especie de cartografía humana, a la manera de una suma global y diversa de comunidades urbanas en gestación.

Sobra decir que la acción que despliegan sus habitantes para conseguir los derechos y servicios que requieren, aumenta las posibilidades de que cada agrupamiento potencie el acopio de sus representaciones; todo un reservorio de experiencias que marcan los hitos de su historia y su inserción en el universo urbano. Sea como distrito o localidad; o como barrio; todos ellos provistos de unos contornos más o menos definibles y reconocibles por sus propios habitantes y por el resto de la ciudad. Sucede algo así como cuando alguien habla del barrio 20 de julio o de Kennedy; o del Policarpa y sus orígenes en los años 60.

Por cierto, esta extensión de la geografía humana, con sus nuevas poblaciones, se cruza con otras líneas definitorias de una cartografía sociocultural más compleja. Por ejemplo, con la etaria; una línea de separación en la que aparecen los jóvenes y en el otro extremo los adultos mayores. O con aquellas que limitan la construcción de identidades, como son los casos de la autodefinición del género, una auténtica acción colectiva, basada en los post-valores, y ya no tanto en las necesidades primarias.

La ciudad queda convertida en un universo, cuyo sentido ya no está solo dictado por la cercanía que experimentan los individuos, cada uno de ellos con su propia historia, como la Nueva York de Pedro Navajas. Es además un mundo de proximidad entre diversas comunidades y poblaciones, portadoras de intereses y necesidades, de lenguajes e identidades diferenciados. Que por momentos parecieran oponerse entre sí, pero que alternativamente presentan prometedoras complementariedades. 

Inclusión social

La ciudad obviamente se desarrolla con fracturas internas y con desigualdades sin nombre. Sin embargo, emerge algo en su naturaleza que la orienta en otra dirección. Es el sentido de esa proximidad en la que conviven sus habitantes obligados a compartir espacios y tiempos; empujados entonces por el roce intangible del habla y del gesto, una gramática social en la que se sumergen todos sus habitantes, para hacer viable la diaria existencia, sea en el autobús, en la plaza o en las oficinas públicas. 

De esa circunstancia sale el aliento de un entendimiento común, una pluralidad convergente. Es la base para que la ciudad también sea un proyecto político de inclusión y tolerancia, en el que las distintas poblaciones, conservando sus intereses e identidades, se integran al sentimiento superior de pertenencia y al disfrute de los servicios y derechos comunes, sin estigmas ni exclusiones. Se trata de la posibilidad de una matriz superior de valores, en la que se desenvuelvan por igual el migrante extranjero o nacional; el que afirma su identidad de género en un plano de autonomía; o el joven que construye con la música sus lazos de identidad; o finalmente, la variedad de colectivos femeninos.