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Ricardo García Duarte

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Rector Universidad Distrital Francisco José de Caldas

Metrópolis, región y ciudad deseada


Edición Nº 4. Septiembre de 2020. Pensar la Ciudad
Autor: Ricardo García Duarte | Publicado en September 07, 2020
Imagen articulo Metrópolis, región y ciudad deseada

La idea espectral de Región Metropolitana constituye una promesa ambiciosa, enorme incluso; aunque la verdad institucional que de ella nazca no pase de ser un acontecimiento de efectos inciertos, tal vez precarios. 

La región plasma la existencia de una unidad, a la vez espacial y social; al mismo tiempo, humana y geográfica, territorial y demográfica. Supone, a lo largo de distintas circunstancias históricas, un trabajo colectivo de ocupación sobre unos terrenos contiguos, en los que se definen circuitos económicos y experiencias productivas; además intercambios que terminan por derivar en sentimientos comunes de pertenencia. 

Como ya lo dijera Vidal de la Blache, hace más de un siglo: “una región constituye una reserva de energía, cuyo origen se halla en la naturaleza, pero cuyo desarrollo depende del hombre. Es el hombre quien, modificando la tierra con arreglo a sus propios fines, hace surgir su individualidad…”. Es decir, su singularidad, esa que, rompiendo el caos de lo circunstancial, sustituido por un orden comunitario de sentido, le comunica identidad a la región, mientras la hace diferente a otras, sean estas cercanas o lejanas. 

Mientras los planificadores ponen el acento en el tejido económico para perfilar las regiones, autores colombianos como Roberto Pineda y Jaime Jaramillo Uribe, el uno antropólogo, el otro historiador, dan preponderancia a los factores culturales y a las herencias de la tradición histórica, nada caprichosas, para su determinación como entidades sociales, en la medida en que las regiones son parte de una construcción de nación. En ese mismo hilo, Fals Borda llegó a proponer una república, ya no federal o centralista, sino regional, una manera de dar relevancia a esta dimensión, estructura subyacente del ser nacional.

En otro ángulo del análisis, la ciudad o, más bien, la metrópolis surge como un agregado de poblaciones que se articulan en su expansión con un centro urbano más fuerte, dotado éste de una identidad bien definida. Se trata de una agregación de comunidades propia de una gran ciudad, que atraviesa por lo general la marcha paulatina de una conurbación, proceso de unión entre distintos conglomerados humanos, enganchados a una ciudad mayor, núcleo éste, alrededor del cual las infra unidades municipales se convierten en entidades que, como los afluentes, discurren en su vida colectiva, a la manera de corrientes tributarias del río más caudaloso. 

Son mundos urbanos que nacen en medio del empuje de la producción industrial y del proceso aluvional de los flujos migratorios, que aumentan la población de los barrios periféricos y así mismo la de las comunidades circunvecinas, con el subsiguiente aumento de la población desempleada y del trabajo informal; y, por lo demás, con las consiguientes exigencias en materia de servicios públicos. 

Este universo metropolitano (como el de Bogotá) supone una formación urbana “nuclear”; o sea: la consolidación de un gran núcleo que es la ciudad; más el fenómeno de yuxtaposición protagonizado por una buena cantidad de pequeñas ciudades que en muchos aspectos terminan facilitando servicios y recursos, como territorio, agua, alimentación o vivienda, frente a las necesidades que impone el crecimiento económico y demográfico de la construcción urbana nuclear.

Dicho de otro modo: hablar de un área metropolitana es como visualizar, según lo dicen algunos urbanistas, unas “relaciones de interdependencia entre, por una parte, una serie de núcleos generalmente más pequeños y con un menor grado de especialización funcional; y, por la otra, una ciudad central en la que, por lo común, se localizan ciertas funciones dominantes”. Todo lo cual hace surgir, con ese tipo de crecimiento “nodal”, según el lenguaje de los especialistas, una estructura asimétrica de poderes. 

Las áreas o zonas metropolitanas han sido pensadas para equilibrar en alguna medida estas asimetrías, aunque sin los resultados esperados. 

Tal vez lo que se requiera, sea algo más que una simple área metropolitana, aunque se le ponga el nombre de región. Quizá es un revolcón mayor lo que se necesita, todo ello en la perspectiva de una auténtica reestructuración nacional, que confiera una importancia mayor a las grandes regiones, en condiciones de ofrecer identidad y sostenibilidad, por encima de los límites departamentales y articuladas por cierto con los mundos metropolitanos, con esas ciudades-eje, que ojalá no subordinen a las comunidades periféricas. Y que, por el contrario, sean realidades urbanas, capaces de combinar positivamente una doble exigencia: por un lado, la posibilidad de una comunicación ágil entre la periferia y el centro; y, por el otro, la construcción de mundos relativamente autónomos en las zonas barriales intraurbanas, pero también en los antiguos municipios, ahora conurbados, de modo que el domicilio, el trabajo, la educación y la diversión, no sean formas de existir fracturadas, espacialmente hablando. 

Lo deseable es que cada una de estas actividades del habitante de la ciudad estén, dentro de las coordenadas del espacio y el tiempo, más al alcance de la mano; dicho de otro modo, más cercanas las unas de las otras. Que lo estén en un sentido muy distinto a las experiencias por las que debe pasar el ciudadano; sobre todo, el trabajador y el poblador más sencillo, condenado a las ocupaciones informales, muy fragmentadas dentro de la geografía urbana. En otras palabras, que el Estado y la sociedad se empeñen en las potencialidades de una metrópolis, rediseñada en una escala más humana. Salvo que el uno y la otra se resignen a que esta utopía, la de una ciudad más integrada geográfica y socialmente sea un imposible histórico.