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Rendición de cuentas 2019
Paul Bromberg

Paul Bromberg

Profesor de Investigador del Instituto de Estudios Urbanos de la Universidad Nacional de Colombia.

¿Y qué carajos es una ciudad (o Ciudad)? Burgueses, ciudadanos, urbanitas


Edición N° 10. Mayo de 2021. Pensar la Ciudad
Autor: Paul Bromberg | Publicado en April 30, 2021
Imagen articulo ¿Y qué carajos es una ciudad (o Ciudad)? Burgueses, ciudadanos, urbanitas

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios”

Juan 1:1 (Versión Reina-Valera, 1959) (1)

1. Una observación metodológica sobre las palabras y las cosas

Las palabras son la forma de ser humanos. Nuestras mascotas experimentan emociones, pero no sabemos si ‘piensan’, como mínimo porque no lo pueden decir. Se comunican entre ellos con feromonas, muy limitado para hacer filosofía.

Algunos piensan que las cosas existen porque se nombran, porque hay una palabra que las designa. Como que el electrón existe porque la palabra que lo nombra se consolidó, lo que no ocurrió con el flogisto, aunque el calor y la electricidad se concibieron como un ‘fluido sutil’. El éter en que se suponía se transportaban las ondas electromagnéticas de Maxwell se nombró, pero no existe, quedó reducido a referirse equívocamente a cloroformo, una sustancia etérea. Así, si todos nombran los derechos humanos, ¿por qué no pensar que son naturales, o sea, que existen por su cuenta, como el Verbo?

En ese galimatías anterior, inspirado en la impactante frase del evangelio, nos movemos entre las palabras como instrumento y las palabras como esencia. Desde el primer punto de vista, las palabras son sólo convenciones, y por ello son fuente de malentendidos, como advirtió el zorrito en el cuento de Saint d’Exupery. El segundo sentido, siempre presente, nos amenaza con una ilusión avasalladora: en nuestro caso, el verdadero significado de la palabra ciudad sería la piedra filosofal urbana, y pasaría a ser Ciudad, como el dios verdadero pasó a ser Dios.

No existe una verdadera definición de pobreza, aunque haya economistas, sociólogos, politólogos, teólogos y latosos buscándola. Nos contentaremos con las convenciones, pues tampoco hay una verdadera definición de ciudad. ¡Vade retro mayúsculas!

Sin embargo, las palabras importan, y en particular su etimología y la evolución de sus usos. No para buscar el verdadero significado, sino porque invitan a pensar. Jugaremos con tres palabras-ideas para responder la pregunta pensando en los habitantes de la ciudad: burgueses, ciudadanos y urbanitas.

2. Burgueses

Una palabra-idea que se extravió por el camino. Los burgueses de la edad media eran los habitantes de los burgos, poblaciones amuralladas que, en parte porque podían organizar eficazmente su defensa, lograron una relativa independencia frente a príncipes y reyes. 

En algunos burgos esos burgueses desarrollaron una forma de vida, de la que se burló Montaigne en El burgués gentilhombre. Eran comerciantes, propietarios de talleres, jefes de guildas o prestamistas. También abogados, funcionarios de la corte, letrados, tutores, profesores en las universidades, médicos, impresores, escritores, philosophes... 

Una clase (en el sentido de conjunto) variopinta, difusa, que se incrustó en el tejemaneje del poder, fastidiando a la nobleza y a quienes en ese entonces tenían el monopolio del discurso público: el clero. Querían el poder, y con el instrumento de las palabras-ideas, líderes ambiciosos extraídos de su seno lo consiguieron con revoluciones, democracia restringida, libertad y ríos de sangre y pólvora. Y no lo han soltado. “El feudalismo, la monarquía y las religiones no estaban preparadas para gestionar metrópolis industriales...” (2).

En el siglo XIX Marx redujo la palabra burgués a designar a los malos. La clase con ese nombre quedó compuesta de ricachos explotadores, gordos y fuma-puros. Destacó la oposición entre esta minoría y los proletarios -¿obreros?- buenos, masa de arcángeles anunciatorios de un orden feliz que sería el fin de la historia.

Pero burguesía desapareció, como el flogisto (casi, aún aparece en algunos panfletos políticos, redactados en lenguaje de vieja guardia). La sustituyó una minoría que ahora llaman clase alta. La clase baja ya no son proletarios, porque ahora sí tienen algo que perder, bien sea bienes de consumo durables o pensión... Ante la evidencia, ya había sido necesario acomodar un término medio, la pequeña-burguesía, un despectivo que la señaló de una vez como colaboracionista. Ellos trabajan, sí, pero sobre símbolos; no hacen trabajo físico para fabricar objetos. La palabra se transformó a clase media.

3. Ciudadanos

¿Es la ciudad una aglomeración humana que se caracteriza por estar habitada por ciudadanos? Etimológicamente fue el origen de la palabra, pero desde su acuñación tuvo simultáneamente una connotación política. No todos los habitantes eran ciudadanos, no lo eran ni los esclavos, ni las mujeres ni niños/niñas, los cuales sumados eran bastante más numerosos que los ciudadanos.

Entre la ciudad y la polis la vida urbana misma pasó a segundo plano. Ciudadano es para unos el tipo ideal del Estado ideal, para otros la versión secular del buen cristiano.

Todos esos significados se atravesaron al significado que se le dio cuando en el 95 de propuso el programa de cultura ciudadana. Ahí el ciudadano era el habitante de ciudad, el urbanita (3).  

4. Urbanitas

La ONU intentó unificar estadísticas para distinguir lo urbano de lo rural, pero se rindió pronto. Para la muestra no hace falta ver la rosa, basta un botón que la anuncie: la información más reciente de estadísticas de América de la CEPAL (4), ofrece la lista de población urbana/rural, para que el lector pueda comparar, pero advierte: “La definición del término ‘urbano’ corresponde a la que usa cada país”. O sea, no se puede comparar.

En Colombia, Colombia, Colombia, los seres urbanos son los habitantes de las cabeceras municipales. Somos un 81% urbanos, aunque muchas cabeceras no pasen de ser ‘pueblitos’.

Divina natura dedit agros, ars humana aedificavit urbes.

“La divina naturaleza ha hecho campos, la habilidad humana ha construido ciudades”. Aquí hay dos ideas para destacar: (1) campo en oposición a ciudad. (2) En lugar de urbe, urbe se traduce como ‘ciudad’.

¿Toda ciudad es una urbe? Parece que no para los romanos. El mismo diccionario etimológico afirma que urbe significa “ciudad con mucha gente” (5). Esa idea se conserva, según el diccionario de la RAE: “Ciudad, especialmente la muy populosa”.

Los romanos distinguían entonces como una categoría especial a quienes vivían en las urbes.

Urbanitas en latín clásico designa al conjunto de normas cívicas y buenos modales que caracteriza al bien educado, y su contrario es rusticitas”, rusticidad...” (6) 

Rural y rusticidad están, emparentados. Los habitantes de las urbes no eran rústicos, no eran rurales.

Y urbanidad para los romanos como que tenía una relación estrecha con urbe: “Capacidad para poder vivir con mucha gente alrededor”. Los habitantes de la urbe cumplían las reglas de la urbanidad, de la vida en una ciudad populosa. Este significado tan interesante se perdió: según la RAE, quedó en lo siguiente: “Cortesanía, comedimiento, atención y buen modo”. ¡Lástima! Nos habríamos ahorrado este artículo.

Por convención fundada en propósitos explicativos, propongo responder la pregunta de este artículo así:

UNA AGLOMERACIÓN ES UNA URBE CUANDO SUS HABITANTES ACTÚAN COMO URBANITAS

O sea, damos razón a los romanos. Tamaño y complejidad vienen juntos. Veamos solamente algunas puntadas, sobre un tema al que le vendría mejor un libro.
—    División del trabajo... y de roles

Los urbanitas se especializan: cada uno domina tan solo unos cuantos procesos de su vida diaria. Compran el alimento, pero no lo cultivan; reciben servicios públicos domiciliarios, pero no saben por qué unos días se quedan sin servicio de energía o agua. Para movilizarse requieren de otros –un conductor de bus, contratado por una empresa de buses– que pasa por unos sitios y lo lleva a otros, sin que el usuario sepa muy bien por qué pasa por ahí.

—    Superposición de identidades 

Cualquier urbanita es varias cosas al tiempo. Un adulto es a la vez productor y consumidor. En su primera condición obtiene los ingresos para poder “vivir”, pero sus identidades se multiplican, porque su rol de consumidor se vuelve relevante. Tiene una identidad debido a su trabajo, pero también con su vecindario, el colegio de sus hijos, al deporte que practica, a sus gustos de cultura, al partido político al que decide otorgarle sus simpatías, al equipo de fútbol que lo hace sufrir, a sus parejas de opción sexual, al color de su piel… Acudir a la palabra buena “las comunidades” no se compadece con esta complejidad, aunque se repite, y se repite, y se repite...

—        Densidad poblacional

La cercanía con la familia y con los compañeros de escuela es igual que en la vida rural. Pero las relaciones de vecindad están determinadas por la manera tan estrecha como se vive. Los códigos de policía reflejan la manera como esta cercanía limita el comportamiento de los ciudadanos, y no sólo en el vecindario.

—    Anonimato

Es típico de la urbe que los ciudadanos compartan espacios y actividades con personas que desconocen. Sin notarlo, el urbanita necesita, hasta disfruta, el océano de desconocidos en el que navega su vida. La urbe es impersonal, y ese es su atractivo. No es lo mismo ir a cine que mirar TV, se ha visto en el desespero de la pandemia. Queremos ir a un sitio donde hay otros, desconocidos. Claro, también las ciudades son víctimas de formas de delito específicas, amparadas en el anonimato, como el raponeo.

—    Separación espacial de jornadas

En las urbes hay un movimiento pendular gigantesco; dejan de coincidir los sitios de recreación, de trabajo, de estudio, de vivienda.

—    Aparece la juventud

Los menores se convierten en una carga en lugar de una ayuda para la producción (otra vez la pandemia lo ha hecho muy visible). Nace “la juventud”, una nueva ‘clase social’, que agrupa personas que sufren un período durante el cual tienen la capacidad física de producir (y hasta de reproducirse) como un adulto, pero estorban, porque aumentarían el desempleo. Hay que ocupar su ocio, y por consiguiente se vuelve relevante el establecimiento escolar.

—    Ruido comunicativo

A un habitante de la ciudad le suceden muchas cosas diariamente, por su actividad económica, por la necesidad de desplazarse, por la existencia de toda clase de actores económicos que lo abordan, etc. El ruido comunicativo que todo esto trae es inmenso. La capacidad de adaptación de este mono sin pelo es notable, pues no sucumbe a esta bulla.

Eso, y otras cosas, comprende la especie urbanita. No son una Gemeinschaft (comunidad) sino una Gesellschaft (sociedad).

Pero falta algo importante: ¿Qué manera de pensar es propia de esa urbe?

5. Back to basics: el orden hegemónico es burgués

Ese orden hegemónico es la forma de vida, las expectativas y los valores que fueron surgiendo en los burgos. Ellos dieron lugar a la ilustración del siglo XVIII, produjeron la nueva sensibilidad que comenzó con la eliminación de los castigos aberrantes y siguió con los derechos humanos. Una inmensa clase media terminó sometiendo el poder de los señores de la guerra a los poderes no armados, cambiándolo especialmente por la pericia en su forma de comunicación.

Los intelectuales y los técnicos, urbanitas, una porción de esta clase media, con sus vicios y sus virtudes, se tomaron el mundo. Desdeñan a los que no se les parecen. Los que se sienten por fuera del relativamente pequeño círculo de expertos en el lenguaje, se ha descubierto, no los admira. Hay un recelo callado, que se hizo visible con Donald Trump aunque fue anticipado por Berlusconi y Netanyahu. Los tildados de rudimentarios (rústicos, montañeros, en inglés hilbillies) se sienten mejor representados por personas que no son herederos del orden creado por la ilustración. Desprecian los valores de la ilustración. Una rebelión contra los derechos humanos, y también contra el conocimiento.

Así que en aquello que hace especial a las ciudades, o las urbes, como que tenían razón en la edad media, cuando reconocieron que algo se estaba formando en los burgos.


El autor estuvo a cargo entre 1995 y 1997 de diseñar y ejecutar buena parte de las acciones de cultura ciudadana del primer gobierno de Antanas Mockus en Bogotá. Esto se hizo desde la dirección del Instituto Distrital de Cultura y Turismo (IDCT), la entidad de cultura en su momento, y luego en calidad de Alcalde Mayor entre abril y diciembre de 1997. La propuesta de cultura ciudadana fue del candidato y después alcalde Antanas Mockus, y desde el despacho se diseñaron las acciones de control de armas y maltrato infantil. La Secretaría Distrital de Hacienda bajo la dirección de Carmenza Saldías diseñó un proyecto de cultura tributaria.

(1) La Traducción del Nuevo Mundo dice: “En el principio la Palabra existía, la Palabra estaba con Dios y la Palabra era un dios”. Supongo que Hegel lo habría traducido “En el principio la Idea existía, la Idea estaba con Dios, y la Idea era Dios”. Idea con mayúscula, claro, porque Hegel escribió en alemán, y en alemán los sustantivos vienen en mayúscula.

(2) 21 lecciones para el siglo XXI. Harari, Yuval Noah, Debate, 2018.

(3) Ver: P. Bromberg y T. Gomescásseres: ¿Qué fue y qué será la cultura ciudadana? En: Bogotá en el cambio de siglo: promesas y realidades. Samuel Jaramillo (ed), OLACCHi, 2010. Se puede consultar en: https://biblio.flacsoandes.edu.ec/libros/digital/57415.pdf .

(5) La etimología y los latinajos los obtuve de: http://etimologias.dechile.net .

(6) Ibidem.